«A la gente le gusta sentir. Sea lo que sea», escribió
Virginia Woolf. ¿Cómo vamos a desear sentir en abstracto, cuando sabemos que
algunos sentimientos son terribles, crueles, perversos o insoportables? Pues
así es. Nos morimos de amor, nos morimos de pena, nos morimos de miedo, nos
morimos de aburrimiento, y, a pesar de la eficacia letal de nuestros afectos,
la anestesia afectiva nos da pavor. Somos inteligencias emocionales. Nada nos
interesa más que los sentimientos, porque en ellos consiste la felicidad o la
desdicha. Actuamos para mantener un estado de ánimo, para cambiarlo, para
conseguirlo. Son lo más íntimo a nosotros y lo más ajeno. No sentimos lo que
querríamos sentir. Somos depresivos cuando quisiéramos ser alegres. Nos
reconcomen las envidias, los miedos, los celos, la desesperanza. Desearíamos
ser generosos, valientes, tener sentido del humor, vivir amores intensos,
librarnos del aburrimiento, pero nos zarandean emociones imprevistas o
indeseadas. Incluso un sentimiento tan tranquilo como la calma, nos «invade».
Podría leerse la historia de nuestra cultura como el intento de contestar a una
sola pregunta: ¿Qué hacemos con nuestros sentimientos? El autor cree que, ante
todo, conocerlos. Para ello se interna en el laberinto sentimental, con la colaboración
de la psicología más actual y de la filosofía de todos los tiempos. Encuentra
pasiones violentas y afectos tranquilos, sentimientos próximos y emociones
exóticas.
Formato del libro: PDF
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